12-12-2008
¿Cómo sobrevivir en tiempos de crisis a la “destrucción creativa”?
La actual turbulencia de los mercados financieros y los pronósticos sobre recesión global en la economía real están generando cierto interés en la Gran Depresión de la década del ’30. Para buscar paralelos, puntos de contraste y, fundamentalmente, para intentar que la historia contribuya a responder una pregunta crucial: ¿hay que invertir e innovar, o es mejor echar personal y mantener la billetera bien guardada? Más allá de cuáles sean los intereses de cada uno para respaldar una u otra opción, la respuesta más acertada parece ser “depende”.

Por Laura Siri
Editora de la Comunidad ITSitio Digit@l World


Muchas grandes corporaciones evitaron invertir en innovación durante los ’30. En general, los directivos de empresas prefirieron congelar sus planes de investigación y desarrollo y desensillar hasta que aclarara. Un indicador de esta tendencia lo da el número de solicitudes de patentes en los Estados Unidos durante ese período, que fue mucho menor que en la década precedente.

Pero algunas empresas que sobrevivieron a la crisis del ’30 lo hicieron empleando justamente la estrategia opuesta. Por ejemplo, en abril de 1930, el científico de DuPont Wallace Carothers registró el descubrimiento inicial del neoprene. Este invento fue anunciado públicamente en noviembre de 1931 y pronto se convirtió en una de las principales innovaciones del siglo XX. Hacia 1939, casi todos los automóviles y aviones de los Estados Unidos tenían componentes de dicho material. Paralelamente, en 1934 DuPont inventó el nylon y lo introdujo en el mercado en 1938, luego de un intenso esfuerzo en investigación y desarrollo.

Pero DuPont no es el único ejemplo. Hewlett Packard y Polaroid también se convirtieron en grandes innovadores a lo largo del siglo XX, luego de haber comenzado como jóvenes start-ups durante los ’30.

Otro caso es el de RCA (Radio Corporation of America), una firma de alta tecnología muy golpeada durante la crisis del ’30, que resurgió maravillosamente en 1934 porque decidió cambiar su tradicional negocio en la radio por el entonces naciente de la televisión.

Entre 1929 y 1936 se crearon al menos 73 laboratorios internos de investigación y desarrollo dentro de grandes empresas en los Estados Unidos.

Pero estos ejemplos no deben interpretarse como que una inversión agresiva en innovación fue la mejor política para todas las empresas durante los ’30 ni, especialmente, que sea lo más recomendable para imitar hoy. La razón es un fenómeno que el economista Joseph Schumpeter –quien escribió justamente en los años ’30- denominó “destrucción creativa”. Sucede que, a la hora de rememorar la historia de las tecnologías, sólo solemos acordarnos de los éxitos. Pero cada vez que una compañía invierte grandes volúmenes de recursos en desarrollar una innovación, hay en el mercado muchas otras haciendo lo mismo. Y nadie sabe a priori quién de todos los que están invirtiendo en los distintos desarrollos tendrá éxito o no. Por lo tanto, una gran masa de la inversión total de la sociedad en investigación y desarrollo se verá inexorablemente desperdiciada o “destruida”, como precio para alcanzar la creatividad. Entonces, hoy se recuerda a DuPont, HP, Polaroid y RCA, por ejemplo, al costo de haber olvidado a muchas otras firmas cuya inversión en innovación quedó en el camino. 

La única conclusión posible es que para algunas compañías sería mejor seguir la tendencia natural a evitar el gasto en innovación en tiempos de crisis mientras que, para otras, la mejor apuesta iría en la dirección de incrementarlo. Para estas últimas, postergar este tipo de inversiones podría significar la pérdida de oportunidades de negocios cuando la economía se recupere. Y es importante recordar que el capitalismo siempre ha pasado por ciclos malos, pero hasta el momento siempre se ha recuperado.

Según Schumpeter, las debacles económicas tienen consecuencias a su juicio positivas: la eliminación de las compañías de mal rendimiento, el movimiento del capital desde los sectores en decadencia hacia industrias más promisorias y el traslado de trabajadores altamente calificados hacia empleadores con mayor potencial para sus carreras. Por lo tanto, si una compañía tiene buenas ideas y suficiente capital, la historia muestra que las crisis pueden aportarle enormes oportunidades estratégicas.

Pero, como se observó más arriba, nadie sabe a priori si va a ganar o no en esa carrera hacia la destrucción creativa y, por lo tanto, si le conviene invertir en innovación. Si se supiera, sólo lo haría quién estuviera seguro de ganar y los demás obviamente no lo harían. En realidad, sin competidores a la vista, ése que estuviese seguro de sobrevivir tampoco tendría incentivos para innovar. Por lo tanto, la dinámica de la innovación requiere justamente –según las teorías schumpeterianas– que no se sepa a priori quién triunfará y quién morirá en el intento.

Según Richard Foster, que fue director de la consultora McKinsey entre 1982 y 2004, las empresas con mayor probabilidad de cosechar los frutos de su inversión en I+D son aquellas que, aunque se adaptan a los vaivenes del mercado de capitales, logran mantener firme el control sobre sus operaciones presentes.

Foster observa que, cuando la economía es boyante, hay en las corporaciones con vocación innovadora relativamente más esfuerzo puesto en lo creativo que en la parte comercial o en operaciones. Aunque las grandes compañías, en estas circunstancias, tienden a ser menos innovadoras que las nuevas start ups.

Cuando los mercados colapsan, esas start ups innovadoras quizá no puedan mantenerse a flote. Más bien, es más probable que sobrevivan quienes tienen mucho flujo de caja y son buenos “operadores”. Además, todo inversor del planeta está en busca de este tipo de compañías, a las que considera un activo seguro. Las firmas que se hayan arriesgado mucho durante la época de vacas gordas sin tener espalda financiera suficiente, en cambio, perecerán. No es que fueran malas compañías, aclara Foster. Es solo que su balance entre la parte operacional, la comercial y la creativa no estaba en un equilibrio suficientemente estable.
En momentos así, sí tienen buenas posibilidades de salir indemnes de la destrucción creativa aquellas firmas jóvenes que hayan conservado la capacidad financiera y cuyos márgenes de ganancia estén en expansión. Cuando la crisis vino en los ’70, compañías como The Limited, The Gap, Home Depot y TeleCommunications Inc., de John Malone, estuvieron en esta categoría. Luego de la debacle de 1987, Microsoft, Oracle y Amgen tomaron la posta. En los ’90, se asistió a la famosa “burbuja de Internet”, de la cual pocas empresas sobrevivieron, entre ellas Amazon y Google.

Pero luego de cada ciclo recesivo, según Foster, la creatividad siempre renace y deja atrás, en el mundo de los dinosaurios, a los grandes jugadores que confiaron solamente en la parte operativa. 

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